Olor de lirios, fresías, azahar y nardos tempranos, todos ellos blancos de color juventud cercana a la niñez. Sol de primavera que ruboriza las mejillas por primera vez en el año joven. Fiesta antigua a la fertilidad que permite la explosión de la vida y la alegría de los genes provocados por el roce impuesto por la aglomeración en principio y después buscado con ahinco las redondeces de alguien desconocido pero anhelado por el deseo de contacto carnal. Morboso primer encuentro con el sexo patrocinado y en presencia de los mismos que lo condenan en los púlpitos haciéndolo mas apreciado por ser prohibido, cual revolcón con vestal o sacerdotisa de antiguas religiones mas cercanas a la madre naturaleza.
Recuerdo melancólico de padres y madres permisivos que saben que estos pequeños goces no han de pasar a mayores y que son necesarios para iniciar el instinto reproductor que haga posibles mas Semanas Santas y rechazo de abuelos que a buenas horas mangas verdes, se dan cuenta de los excesos pecaminosos cometidos en la juventud y ahora les dan la razón al púlpito que cada momento tiene sus razones.
Cumplimiento alegre de la penitencia de no poder comer carne, supliéndola por langostinos y cigalas, animalitos perjudicados por el festejo que solo tienen el consuelo de que los pavos sufrieron antes esta crisis en Navidad.
Ah y eso, procesiones de bonitas vírgenes adornadas de pedrería y martirizados hijos, en apuesta de ver quien viste a su virgen mas lujosa y quien le pone mas cara de maltratado a su hijo, como si reviviéramos gustosamente el castigo que le dimos a alguien que pretendía subvertir el orden, dando prioridad a los camellos sobre los ricos en su Reino Celestial, que nosotros ya somos ricos sobre mucho resto del mundo y los que no somos ricos tampoco perdemos la esperanza de serlo.
Estamous en ellou

